sábado, 5 de marzo de 2011

If you were wondering...




Llevaba unos días preguntándome qué estaba haciendo con mi vida. No estaba conforme con nada. Y sabía que el causante de todos mis problemas, era el cúmulo de mentiras que yo misma había provocado.
El continuo intento de distraerme y salir, de dejar de pensar un instante, siempre acababa siendo un fracaso. Quizá fue la perseverancia que siempre me persigue la que me empujó a continuar. No iba a desistir.
Sonó el timbre y de repente tres tíos volvían a ocupar el mismo sofá. Puse todos mis esfuerzos en no seguir ensimismada. No sé si fue gracias a la cerveza, a la compañía o a mis ganas de dejar de culparme por todo lo que pasaba pero funcionó.
Tal y como los recordaba la última vez que vinieron, no paraban de hablar. Y yo, no paraba de reír. Un pequeño estorbo me hacia perder la atención continuamente, y rezaba por que se marchase en cualquier momento. Mientras, sin dejar de entrelazar sus manos, seguía uno de aquellos chicos en mi salón. No quería ser descarada, pero cada vez que dejaba a mis ojos posarse sobre él, se me encogía el corazón.
Refugio. Era tarde y apenas habíamos cruzado unas palabras y unos cuantos cigarros. Di gracias a Lucky Strike por haberme empujado aquella tarde a comprar mentolados. El sitio de mi lado se quedó vacío y lo último que habría imaginado era que se sentase a mi lado. Pero lo hizo. Y una corriente eléctrica sacudió todo mi cuerpo mientras me sonreía. Me ponía nerviosa y lo sabía.
De vuelta a casa, seguía mi paso. Lo tuve al lado todo el trayecto mientras hablábamos de cualquier idiotez. Llegamos a la puerta y la lista de "Cosas estúpidas que compartir con un desconocido" se había acabado. No quería subirme a casa. La nube negra que llevaba meses sobrevolando mi cabeza estaba cada vez más clara ahí arriba y yo me había olvidado de que estuviese incluso. Y allí estaba el apoyado en un coche oscuro con los cristales tintados, mirándome, sonriendo de nuevo. De haber estado los dos solos no sé que se me habría pasado por la cabeza. No lo sé. Pero me inquietaba tanto cuando me miraba, que me quedé paralizada en el portal, con una necesidad terrible de acortar la distancia que nos separaba.

Días despues, no es que fuesen claras, ni que hubiesen desaparecido. Es que las nubes, seguían ahí, pero no eran negras, y tampoco me miraban desde arriba. Ahora era yo la que flotaba sobre unas nubes blancas y esponjosas, que casi parecían algodón. Mi atención se centro tan solo en saber más sobre él. Me alucinaba absolutamente todo lo que giraba entorno suya.

Era jueves de nuevo y la gente salía la mayoría con vestidos bonitos, algunos hasta con traje. Los restaurantes estaban hasta los topes y las calles abarrotadas de gente. Eran las cenas de navidad.
Después de litros y litros de cerveza y sangría, me llevaron a Borneo, y no paraba de mirar el móvil. Después de casi una semana, dedicando cada instante de mi día a día a aquel chico, las ganas de ver que era real eran cada vez mayores.
Según lo acordado, después de estar con la gente con la que había salido, vendrían a buscarme. Pero me daba la sensación de que se habían olvidado. Después de varias llamadas sentí que algo iba mal y me asusté.
Al otro lado de la sala, unos familiares ojos grandes y oscuros no paraban de clavarse en los míos. Por más que ignoraba sus miradas, no paraba de acercarse, más y más. Y según el alcohol bajaba me sentía menos capaz de aguantar esa situación. Me agobiaba estar allí. Me encontraba mal. Me quería ir. Quería que él viniese a por mi, pero el móvil seguía sin sonar.
Me salí fuera del local para tomar aire y recuperarme un poco. La gente salía a hablar conmigo, me dijeron varias veces de ir a otro lugar. Pero no escuchaba nada de lo que decían. Sólo lo buscaba con la mirada por toda la calle. De repente, cuatro rostros que conocía ya bastante bien se habrían paso entre la gente de mi clase y se me aceleró el corazón pensando que detrás de ellos, iba a estar él. Pero tampoco estaba.

Me llegó un mensaje que pretendía tranquilizarme, pero no funcionó como se esperaba. Mis nervios aumentaron. No llegaba. Me levanté, respiré hondo y me propuse no pensar en ello o los nervios iban a acabar conmigo.
Y entonces lo escuche gritar por detrás. El calor me subió hasta más arriba de mi cabeza. Lo que sentí al volver a verlo no puedo ni describirlo, sólo sé que anestesió cualquier dolor que pudiese tener aquella noche de diciembre.
Empezamos a hablar, después de una semana sin descanso ya no eramos completamente unos desconocidos y ya sabíamos por donde tirar. Echamos a andar y al rato estábamos ya solos. Tuvimos que regresar con los demás.
Tras una pequeña parada en el piso, quería decirle que se quedase allí conmigo. Pero sabíamos que ni era el momento, ni podíamos dejar a los demás así.
Próximo destino a media hora andando, con 5º en la calle a altas horas de la madrugada. Sí, el escenario perfecto. Me quitó mi anillo, y el simple roce de su mano con la mía me hacía tiritar. Media hora de camino haciendo como que quería recuperar mi anillo. Fue la tapadera perfecta para estar todo el camino pegada a él. A veces hasta me enganchaba de su mano y seguía caminando sin soltarme. Ahora parece todo muy simple, pero en su momento era completamente irreal.
Entramos al garito del que me habían hablado antes. Gente rara, muy oscuro, música alta, buena música. Tiramos los abrigos por ahí. Y nos quedamos los cinco en un círculo. Lo miraba desde abajo. Me parecía más alto que nunca. Tarareaba una canción de Extremo mientras ladeaba la cabeza y se subía las mangas.
Quería dejar de mirarlo tan descaradamente, pero no podía. Vi el anillo y volví a las andadas. hablábamos de cosas tontas e intentaba quitarle mi anillo a cada momento. No soltaba su mano, y cada vez lo notaba más cerca. Los demás se habían alejado y nos habíamos quedado él y yo, en medio de "Sala B", peleando por un anillo que tampoco es que ni siquiera quería recuperar.
Yo seguía diciéndole que me lo diese y el insistía en que debía perdirlo por favor. Y a cada frase que decíamos, la distancia era cada vez más corta. Más, y más, y más y más. Apenas eran milímetros lo que separaba nuestras bocas y mis ojos, no se despegaban de la suya. Mis labios ya rozaban los suyos y seguía pidiendo mi anillo. Era electricidad pura la que desprendía aquel momento. Algo similar a lo que sucede cuando dejas cerca dos imanes pero los sujetas para que no se junten. Podía notar como respiraba y como acariciaba sus labios con los míos. Yo trataba de alargar aquel momento por siempre. Fue él, el que junto definitivamente su boca con la mía. Y cerré mis ojos con fuerza. Porque me quería quedar allí besándolo toda la noche. Me agarraba a su cuello para besarle aún más fuerte. Con desesperación. Con ganas. No quería separarme ni un segundo de él.

Desde aquella misma noche, empecé a pensar que quizá ver más allá de las nubes no era tan malo. Que había merecido la pena. Y que tras pelear por quitar aquellas nubes negras, había encontrado el sol.

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