sábado, 15 de octubre de 2011

19:17

El piano sonaba. Su melodía se mezclaba con los susurros de todas las personas vagaban a mi alrededor. El ruido del choque de cristales, vasos, tal vez copas, rompía la armonía del sonido, culpable de tenerme sumido en mi triste historia.
Otra vez el mismo bar, otra vez el mismo sitio enfrente del cristal, otra vez el mismo whisky. Miraba los hielos que en mi vaso quedaban, dándole vueltas mientras los mismos pensamientos me golpeaban las sienes. Levantaba la vista de vez en cuando, solo para decirme una vez más al ver todas esas caras, que yo valía mucho más que toda esta mierda que nos quieren vender.
Ella.
Ella era lo único que lo echaba todo a perder. Siempre rompiéndome los esquemas. Siempre pidiéndome cosas que yo jamás iba a darle. Siempre mi puta duda permanente de si tirarme solo al vacío o arrastrarla conmigo.
Cogí mi abrigo mientras me tragaba los hielos que quedaban aún en el vaso. Caminaba con la mirada baja, pero con aires de ganador.
Hubieron tiempos mejores, claro que sí, pero prefería dejar de fingir que no era consciente de como me manejaban continuamente. Fui yo, sí, el que eligió llorar por ser libre, a reír siendo preso.
Ella no lo entendía... Mi móvil sonaba una vez más en el bolsillo. Tarde. No iba a contestar a sus llamadas si no era para decirle, que las marcas de mi cuello no las había dibujado su lujuria. Tampoco iba a contarle que los moratones de mi cara fueron en un principio las hostias de una vida que se negaba a dejarme libre.
No, no se lo pensaba contar a nadie. Que estas cicatrices y todas estas heridas nuevas no dolían. Que eran fruto de muchas lecciones más que aprendidas.
Levanté la mirada del suelo y vi a un par de personas que conocí en algún momento de mi corta vida. Giré la mirada por que ya no importaban. Sabía que pensaban que había perdido el rumbo.

Encendí otro más. Notaba como el humo se colaba por cada espacio de mi cuerpo. Casi podía imaginarlo. Me paré en un punto del trayecto y me apoyé en la pared. Miraba como la tarde caía otro día más, y seguía sin saber si mi mierda de historia tenía un guión claro.

- ¿Que no sé cual es mi rumbo?

Ahí estaba, como un puto suicida, enfrente de su portal, con una moneda en la mano tirándola hacia arriba:

- Cara, llamo y nos destruimos los dos. Cruz, bah, vamos a acabar destruyéndonos igualmente...

2 comentarios:

  1. "Siempre mi puta duda permanente de si tirarme solo al vacío o arrastrarla conmigo."

    Que gran relato, espero que al final el protagonista tocara el timbre.

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