domingo, 27 de noviembre de 2011

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Lecciones solo dan los más ancianos y aprender, solo se aprende de la muerte. No creo que ninguno de los dos sepamos mucho sobre ninguna de las dos cosas.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sweety


Los pasos se escuchaban a través de las paredes. Sus tacones de charol negros marcaban un ritmo pausado. Sus piernas eran adornadas con dos ligas negras que cuadraban a la perfección en su final de encaje con unos tersos muslos. Blancos y tersos. Tan sólo la imaginación alcanzaba a preguntarse si más arriba eran pantalones cortos o una muy minifalda, los que acompañaban a las sensuales medias. El resto de su cuerpo era cubierto por una gabardina color cmel, aunque faltaban varios botones por abrochar. Sus pechos asomaban levemente por aquella apertura, unos pechos normales, ni muy grandes, ni muy pequeños, perfectos.

Su pelo, era una mezcla de virginidad y pureza, pero que aparejado con aquel vestuario, perdía cualquier atisbo de inocencia. Negro azabache, una media melena a la altura de sus hombros, que desembocaba en un flequillo recto por encima de sus cejas.

Caminaba segura, decidida. Meditabunda y alarmantemente tranquila. Esos ojos color ámbar, presididos por un palco de espesas pestañas negras, sabían lo que hacían. Miraba al frente, y seguía jugando con el sonido de sus tacones en la moqueta color burdeos del hotel. Buscaba el número de la habitación. Con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, se entretenía con el encendedor que se colaba entre unos femeninos y largos dedos.


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Sus labios coloreados de un rojo carmín, se relamían al ver aparecer la puerta en la que todo acabaría. Al entrar en la sala, un olor a desesperación, a violencia y a muerte le azotó en la cara. Se deshizo de la gabardina, colgándola en un perchero con las puntas de color plata. Una camisola de gasa negra con puntos negros más espesos era la única tela que cubría su piel. Sacó del bolsillo una boquilla que terminaba de dotarle poca elegancia que le faltaba para ser definitivamente una diosa entre mortales.

La habitación estaba casi vacía. Únicamente colgaba una bombilla desnuda del techo, que fallaba por segundos, haciendo parpadear la tenue luz. Las paredes, en su mayoría descorchadas, lucían estampados de humedad. Y contaba tan sólo con el lujo de una ventana, la cual había sido tapada por más de 3 espesas cortinas.

Fumaba mientras miraba a un hombre que vestía una camisa blanca por fuera de los pantalones, con las mangas subidas a mitad del brazo. Machas de sangre habían salpicado su cuello. Patrick estaba atado de pies y manos a una silla de madera. Colocado en el centro de la estancia, dejaba caer su cabeza hacia delante, cansado de pelear contra las cuerdas que le castigaban las muñecas desde hace horas. Gotas de sudor negro caían por sus sienes y rompían en el borde del estropajo que tapaba su boca. Lo observaba fríamente. Ni pizca de piedad en esos ojos de niña camuflados en un maquillaje de auténtica prostituta. Se colocó detrás de la silla y posó su mano izquierda en el antebrazo del derecho, el cual estaba levantado sujetando la boquilla. Se agachó lentamente hasta que sus labios casi rozaban la oreja de aquel tipo.


- ¿Sabes una cosa? -Hablaba lenta y dulcemente, sin maldad en su voz- En otoño las hojas se caen y pequeñas ramas adornan las aceras. Los niños, sí... Los niños son tan crueles ¿Verdad? En otoño, los niños corren al colegio, y en su camino, pisan esas ramas. ¿Puedes imaginar el sonido que hace una rama al partirse?


En ese momento sus ojos brillaban levemente. Ira, dolor, ansiedad. Venganza. La mujer deshizo el nudo que componían sus brazos para subir una de sus manos hasta la coronilla del secuestrado. Sus dedos se perdieron entre el cabello de este y una vez lo tuvo bien agarrado, tiró de él hacia atrás. Los ojos de Patrick se abrieron de par en par y su respiración entrecortada se aceleró súbitamente. Miedo.


- Oh cariño...


Esos labios rojos hipnotizaban por la lentitud y la elegancia en que se separaban y se volvían a juntar al pronunciar cada palabra. Sus manos acariciaban ahora el cuello del hombre provocativamente.


- Cariño, yo era esa rama. Mi puto incrédulo corazón era esa rama.... Y tú -Volvió a tirar del pelo hacia atrás con una fuerza que no le correspondía- tú Patrick, eras aquel odioso niño que jugaba a partir ramas en otoño, a tu antojo. Eras ese jodido niño egoísta que jugaba a la destrucción. Tú. Tú eres el culpable de que ahora estés en este infierno, y de que yo sea, en este momento, un ángel negro sin corazón.


El hombre de la camisa blanca estaba tiritando. A pesar de los grados de aquella sala, Patrick tiritaba. El pánico huía de cada uno de sus poros y era tan evidente como la muerte escrita en su piel. Ella, se colocó delante suya y se agachó hasta quedar a la altura de su mirada. Acortó la distancia que los separaba para depositar un suave beso carmín en su frente, para después volver a buscar su temerosa mirada.


- Te quise tanto...


Se levanto con una agilidad envidiable y continuó fumando, ahora en intervalos de tiempo mucho más cortos. Se puso la gabardina que había dejado en el perchero, esta vez sin abrochar ninguno de sus botones. Esta vez la sensualidad era explícita. Agarró una garrafa de un líquido amarillento y roció todo el suelo de la habitación. Patrick gritaba con los ojos desorbitados. Ella metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó de ella una foto y el encendedor. Las dos personas que protagonizaban la fotografía eran reconocibles y lucían los dos una risueña y enamorada sonrisa. Levanto la fotografía y le prendió fuego.


- Hasta nunca, amor.


Y lanzó la fotografía al suelo empapado en gasolina. Cerro la puerta sin dedicarle ni una última mirada y echó a caminar por el mismo pasillo que había recorrido antes, mientras abrochaba los botones de la chaqueta. Se escuchaban los gritos unos metros atrás. Y las sirenas de la policía no tardarían en aparecer. Caminaba firme y con una sonrisa de saciada venganza. All along the watchtower sonaba en su cabeza mientras recordaba, dando una última calada, el infierno que había dejado junto a único amor en aquella habitación seiscientos sesenta y séis.


sábado, 19 de noviembre de 2011

Eternos


Siento cada minúscula elevación de la superficie de su lengua rozándose con la mía. Y no sé si son las yemas de sus dedos bailando delicadamente por mi nuca o las milésimas de segundo en la que nuestras miradas coinciden, que parecen minutos. No es por eso del romanticismo, pero nos hipnotizaban las miradas y yo no me pensaba separar. Los rizos castaños casi rubios, poco marcados, enredándose en mis manos, provocaba una erección en tu piel y me hacía tener la certeza de que en ese momento sólo te importaba yo. Eramos sólo los dos. Su boca y la mía. Su cuerpo y el mío. Su alma, en la mía. Y lo lamía. Mi lengua subía tu cuello otra vez, respirando tras su paso para traerte el frío del invierno en el momento más caluroso del mes de agosto. Que aparte de sudar o no sudar, quería que se olvidase de sexos, ni yo mujer, ni él hombre. Etéreos, amor. Quería hacer que cada vez que te acordases de este instante, se concentrase toda tu sangre en un único punto, que te sonrojases en cualquier lugar por la presión. Y trazo lineas a lo largo de tu abdomen. Sabes cual es la canción que suena y sabes por qué ahora. Te has deshecho ya de toda tela inservible y disfrutas de la desnudez de mi piel. Juegas con cada curva que marca mi figura, a la vez que tu cuerpo se pierde entre mis rodillas. Cansada ya de formar constelaciones con los lunares de tu espalda, de arañarte puntualmente después de cada mordisco allá donde sabes, te miro desde arriba. Vuelves a ser tú la víctima de mi control y la desesperación de reducir y acelerar la velocidad a mi antojo te está matando. Sé lo que quieres una vez más y aunque ya lo intuyas te lo digo... "Planeo hacerte el amor, cariño."

sábado, 12 de noviembre de 2011

Listen man...


No es que nos creamos nada, a ver... Es sólo que cuando os vemos utilizar esas palabras de mierda para lamerle el culo a todos vuestros superiores nos dan ganas de sacaros los ojos con nuestras propias uñas. Que no es que os tengamos rabia, a ver... Es solo que nos ponemos unas zapatillas dos tallas más grandes para patearos el puto culo con algo de mayor tamaño. Y no es que vayamos de rebeldes sin causa o con causas un poco perdidas, es que nos negamos a pasar los años, que cada vez se consumen más rápido, de nuestra vida construyendo una imagen nuestra que ni si quiera nos llegará a convencer a ninguno. Vuestros trabajos terminarán siendo igual de repugnantes que los nuestros, y la gente que os rodea se va a morir igual que hacemos todos. Así que hacednos el maldito favor de olvidar que existimos. Que intoxicamos nuestros cuerpos cada fin de semana con lo primero que nos ofrecen. Que follamos como nunca follaréis ninguno. Que pasamos de pelotear a nadie para conseguir nada. Porque por mucho que vuestra reputación y la nuestra se diferencien, cuando nos muramos, todos los que hablen de esta puta generación dirán lo duro que trabajaron estos hijos de puta para vivir cada segundo como el más último.

domingo, 6 de noviembre de 2011

+ / -


No vamos a dramatizar el momento más de lo que la situación requiere. No, no hay botes de pastillas vacíos en el suelo de mi habitación, ni cicatrices de cortes en mis muñecas. Ni las habrá. No lloro todas las noches por lo injusta que es esta vida puta, ni por las barreras que parece obstaculizar sólo a los cuatro a los que amo. Si es verdad que grito, que me enfado y que odio más de lo debido. También es cierto que la mayoría de las veces es todo mi culpa. Y son mis pasos en falso y mis decisiones las que complican el curso natural de mi sino. Pero ya os digo que no le puse destino fijo a mi final y que no quiero ni siquiera intentar averiguarlo. Es sólo que a veces me nublo y le hago otro nudo más a esta cuerda que está harta de tantos líos. Perdonadnos a mí y a mis demencias momentáneas que a veces tengamos días tan grises, pero entended que también los fuertes tengamos que preocuparnos a veces por si dejásemos de serlo.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Yo que sé, no lo sé.


Antidepresivos y alguna que otra droga blanda. No tengo ni idea. No sé porque a veces vivo en realidades paralelas ni porque otras veces me gustaría quedarme siempre en ellas. No sé por qué no me gusta la gente, ni sus mentiras, ni sus sonrisas de pegatina. No sé por qué no confío en apenas nadie. Ni por qué me ha gustado al final perder cada una de las cosas importantes que hacían de mí un yo. No sé por qué me gusta sentirme tan tan viva sólo por momentos. No sé porque estoy esperando a que su tren descarrile, sabiendo que soy yo la pieza de esa puta vía la que falla. Y no sé por qué me encantaría sonreír cuando sus planes fallen. Me da exactamente igual a quién vayáis a votar, y quién queréis que os gobierne. Me da igual que queráis ser gobernados. Y me da igual si al final las cadenas os aprietan de más. No sé cual es la fuerza invisible que nos une, ni por qué nos une. No sé por que la envidia siempre me come, ni por qué siempre me ha dado igual reconocerlo. No sé por qué no me metí debajo de su jersey, pero por qué si lo busqué después debajo de las sábanas. Es que no lo sé. De verdad que no le veo el sentido a todo esto del ser o no ser. No le veo el sentido a nacer en un punto y saber exactamente cual será el punto y final. No le veo el sentido a llamar casa a un sitio temporal, ni de llamarte amigo porque te consideres mi igual. No lo entiendo... En serio, no se de qué va esta mierda que me ha tocado, ni por qué es mejor o peor que la tuya, no lo sé. Me da igual. Y no me preguntéis por qué hago o dejo de hacer las cosas. Es mi juego y mi juego funciona así. No voy a planearlo todo, ni rendirme, ni luchar. No lo entenderías, no intentaré explicártelo porque yo que sé, no lo sé...