sábado, 26 de noviembre de 2011

Sweety


Los pasos se escuchaban a través de las paredes. Sus tacones de charol negros marcaban un ritmo pausado. Sus piernas eran adornadas con dos ligas negras que cuadraban a la perfección en su final de encaje con unos tersos muslos. Blancos y tersos. Tan sólo la imaginación alcanzaba a preguntarse si más arriba eran pantalones cortos o una muy minifalda, los que acompañaban a las sensuales medias. El resto de su cuerpo era cubierto por una gabardina color cmel, aunque faltaban varios botones por abrochar. Sus pechos asomaban levemente por aquella apertura, unos pechos normales, ni muy grandes, ni muy pequeños, perfectos.

Su pelo, era una mezcla de virginidad y pureza, pero que aparejado con aquel vestuario, perdía cualquier atisbo de inocencia. Negro azabache, una media melena a la altura de sus hombros, que desembocaba en un flequillo recto por encima de sus cejas.

Caminaba segura, decidida. Meditabunda y alarmantemente tranquila. Esos ojos color ámbar, presididos por un palco de espesas pestañas negras, sabían lo que hacían. Miraba al frente, y seguía jugando con el sonido de sus tacones en la moqueta color burdeos del hotel. Buscaba el número de la habitación. Con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, se entretenía con el encendedor que se colaba entre unos femeninos y largos dedos.


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Sus labios coloreados de un rojo carmín, se relamían al ver aparecer la puerta en la que todo acabaría. Al entrar en la sala, un olor a desesperación, a violencia y a muerte le azotó en la cara. Se deshizo de la gabardina, colgándola en un perchero con las puntas de color plata. Una camisola de gasa negra con puntos negros más espesos era la única tela que cubría su piel. Sacó del bolsillo una boquilla que terminaba de dotarle poca elegancia que le faltaba para ser definitivamente una diosa entre mortales.

La habitación estaba casi vacía. Únicamente colgaba una bombilla desnuda del techo, que fallaba por segundos, haciendo parpadear la tenue luz. Las paredes, en su mayoría descorchadas, lucían estampados de humedad. Y contaba tan sólo con el lujo de una ventana, la cual había sido tapada por más de 3 espesas cortinas.

Fumaba mientras miraba a un hombre que vestía una camisa blanca por fuera de los pantalones, con las mangas subidas a mitad del brazo. Machas de sangre habían salpicado su cuello. Patrick estaba atado de pies y manos a una silla de madera. Colocado en el centro de la estancia, dejaba caer su cabeza hacia delante, cansado de pelear contra las cuerdas que le castigaban las muñecas desde hace horas. Gotas de sudor negro caían por sus sienes y rompían en el borde del estropajo que tapaba su boca. Lo observaba fríamente. Ni pizca de piedad en esos ojos de niña camuflados en un maquillaje de auténtica prostituta. Se colocó detrás de la silla y posó su mano izquierda en el antebrazo del derecho, el cual estaba levantado sujetando la boquilla. Se agachó lentamente hasta que sus labios casi rozaban la oreja de aquel tipo.


- ¿Sabes una cosa? -Hablaba lenta y dulcemente, sin maldad en su voz- En otoño las hojas se caen y pequeñas ramas adornan las aceras. Los niños, sí... Los niños son tan crueles ¿Verdad? En otoño, los niños corren al colegio, y en su camino, pisan esas ramas. ¿Puedes imaginar el sonido que hace una rama al partirse?


En ese momento sus ojos brillaban levemente. Ira, dolor, ansiedad. Venganza. La mujer deshizo el nudo que componían sus brazos para subir una de sus manos hasta la coronilla del secuestrado. Sus dedos se perdieron entre el cabello de este y una vez lo tuvo bien agarrado, tiró de él hacia atrás. Los ojos de Patrick se abrieron de par en par y su respiración entrecortada se aceleró súbitamente. Miedo.


- Oh cariño...


Esos labios rojos hipnotizaban por la lentitud y la elegancia en que se separaban y se volvían a juntar al pronunciar cada palabra. Sus manos acariciaban ahora el cuello del hombre provocativamente.


- Cariño, yo era esa rama. Mi puto incrédulo corazón era esa rama.... Y tú -Volvió a tirar del pelo hacia atrás con una fuerza que no le correspondía- tú Patrick, eras aquel odioso niño que jugaba a partir ramas en otoño, a tu antojo. Eras ese jodido niño egoísta que jugaba a la destrucción. Tú. Tú eres el culpable de que ahora estés en este infierno, y de que yo sea, en este momento, un ángel negro sin corazón.


El hombre de la camisa blanca estaba tiritando. A pesar de los grados de aquella sala, Patrick tiritaba. El pánico huía de cada uno de sus poros y era tan evidente como la muerte escrita en su piel. Ella, se colocó delante suya y se agachó hasta quedar a la altura de su mirada. Acortó la distancia que los separaba para depositar un suave beso carmín en su frente, para después volver a buscar su temerosa mirada.


- Te quise tanto...


Se levanto con una agilidad envidiable y continuó fumando, ahora en intervalos de tiempo mucho más cortos. Se puso la gabardina que había dejado en el perchero, esta vez sin abrochar ninguno de sus botones. Esta vez la sensualidad era explícita. Agarró una garrafa de un líquido amarillento y roció todo el suelo de la habitación. Patrick gritaba con los ojos desorbitados. Ella metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó de ella una foto y el encendedor. Las dos personas que protagonizaban la fotografía eran reconocibles y lucían los dos una risueña y enamorada sonrisa. Levanto la fotografía y le prendió fuego.


- Hasta nunca, amor.


Y lanzó la fotografía al suelo empapado en gasolina. Cerro la puerta sin dedicarle ni una última mirada y echó a caminar por el mismo pasillo que había recorrido antes, mientras abrochaba los botones de la chaqueta. Se escuchaban los gritos unos metros atrás. Y las sirenas de la policía no tardarían en aparecer. Caminaba firme y con una sonrisa de saciada venganza. All along the watchtower sonaba en su cabeza mientras recordaba, dando una última calada, el infierno que había dejado junto a único amor en aquella habitación seiscientos sesenta y séis.


2 comentarios:

  1. ¡María! Soy Johanna. Que acabo de leer tu texto, y además de seguirte, te diré que me ha impresionado muchísimo. No sabía que escribir fuera otra de tus cualidades. Verás, me ha encantado la importancia que has hecho que yo le diera a cada uno de los detalles que describías, cuando en realidad sólo son eso. Detalles. Las tres cortinas, su cigarrillo al principio y al final, y los botones de la gabardina. Me ha gustado mucho. Todo muy siniestro, macabro y vengativo, pero también seductor. Enhorabuena por el texto ^^

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  2. *-* ¡Muchas gracias Johanna! Me alegra que te haya gustado y que lo hayas entendido tal y como yo pretendía :)
    Te sigo yo también :D

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